Autora: Lic. Adine Diana Peralta. Enfermera asistencial área de urgencias del H.N.I
adinediana2009@hotmail.com
Edición: Liz Carolina Aguilera Ruiz Díaz. Comité de Prensa de la Asociación Paraguaya de Enfermería.
lizcarol.2010@gmail.com

Lic. Adine Diana Peralta
Hay un dolor silencioso que no figura en ninguna estadística del Ministerio de Salud. Es el dolor con el que las enfermeras y enfermeros de las Urgencias del Hospital Nacional de Itauguá salen cada día al terminar la guardia. No hablo solo de las hernias de columna o del cansancio físico tras doce horas de correr por pasillos abarrotados. Hablo del dolor de la conciencia: el peso insoportable de saber que la vida de un ser humano dependía de nosotros y que las trabas del sistema nos impidieron darle los cuidados que merecía. Este artículo, escrito por una enfermera que vive día a día esa realidad, denuncia el colapso estructural del servicio de Urgencias del Hospital Nacional de Itauguá: la sobrecarga asistencial (un solo enfermero para más de 12 pacientes graves), la falta de insumos básicos, la burocracia digital que aleja del paciente, la exposición pública de la intimidad de los enfermos y la indiferencia de las autoridades. Es un llamado de auxilio de quienes sostienen el sistema, pero que ya no pueden seguir haciéndolo a costa de su propia salud física y mental.
Desarrollo
Un dolor que no aparece en las estadísticas
Hay un dolor silencioso que no figura en ninguna estadística del Ministerio de Salud. Es el dolor con el que las enfermeras y enfermeros de las Urgencias del Hospital Nacional de Itauguá salimos cada día al terminar la guardia. No hablo solo de las hernias de columna que se forman de tanto mover cuerpos sin ayuda, ni del dolor que nos quema las piernas tras doce horas de correr por pasillos abarrotados, tratando de salvar una vida.
Hablo de un dolor mucho peor: el de la conciencia. El peso insoportable de volver a casa, apoyar la cabeza en la almohada y no poder dormir, sabiendo que la vida de un ser humano dependía de nosotros y las trabas del sistema nos impidieron darle los cuidados que merecía. Hacemos sí, más de lo que podemos. Pero no es suficiente, porque son vidas donde los segundos cuentan, donde nos faltan brazos.
La sobrecarga asistencial: una regla que es un mito
En las redes sociales se leen nuestras denuncias, pero detrás de cada publicación hay un rostro que ya no da más, ni física ni psicológicamente. La realidad dentro de la Urgencia es desgarradora. Nos toca gestionar la miseria humana con las manos vacías.
Legal y técnicamente, la proporción segura exige un número reducido de pacientes por profesional en estado crítico. En el Hospital Nacional, esa regla es un mito: un solo enfermero arrastra la responsabilidad de atender a más de 12 pacientes graves simultáneamente.
«¿A quién le importa eso? Hasta ahora, por más que llevamos días exigiendo y tratando de cambiar la situación con notas y denuncias, a nadie les importa.»
La indiferencia de las autoridades
Los directivos siguen posando en fotos. El presidente está conforme con hacer un hospital que estará en años listo, pero no le importa solucionar el hoy. No importa que gente esté muriendo en los pasillos. No le estremece el dolor y la falta de insumos básicos y humanos. No le estremece nada.
Una escena que se repite cada noche
Imaginen la escena, porque nosotros la vivimos en carne propia cada noche: doce pacientes, cada uno con goteos críticos de inotrópicos, esquemas de medicación complejos y monitoreos que salvan vidas. Y en medio de esa tormenta, la nada.
No hay camillas libres. No hay suficientes sillas de ruedas. Y ni siquiera contamos con brazaletes de presión arterial para saber si el paciente se nos está descompensando. Terminamos comprando insumos básicos de nuestros bolsillos para tapar los baches de un desabastecimiento crónico, porque el dolor ajeno nos rompe, aunque el sistema intente volvernos inmunes.
La dignidad del paciente también se desangra
La dignidad del paciente también se desangra en nuestros pasillos. Bañar, desvestir o higienizar a una persona grave se convirtió en un acto de exposición pública. Lo hacemos ahí, en medio de lo que parece un mercado de personas que transitan sin parar, improvisando sábanas o biombos inexistentes, pidiendo perdón en voz baja al paciente por no poder resguardar su intimidad más básica.
La burocracia digital: el golpe final
Para empeorar la agonía, enfermería se convirtió en el comodín del hospital. Hacemos de recepcionistas, de camilleros, de personal de limpieza y, finalmente, de enfermeros. Y como si la carga asistencial fuera poca, la burocracia digital vino a darnos la estocada final con la implementación del sistema HIS. Una plataforma que, en teoría, venía a modernizarnos, pero que en la práctica de la Urgencia se traduce en un retraso sistemático para la entrega de medicamentos.
Las dosis ya no se pueden administrar a la hora correspondiente por el volumen inhumano de pacientes, pero el sistema exige de igual manera que te sientes frente a una pantalla a escribir cada cosa que haces.
«¿Cuándo cuidamos al paciente si el sistema nos obliga a cuidar a una computadora?»
El costo humano de sostener el sistema
Salimos de la guardia con el cuerpo roto y el alma vacía. Nos duele atenderlos así, nos destroza el pecho verlos en el suelo o en los pasillos. Si las cosas se nos escapan de las manos, si un medicamento se retrasa, si un monitoreo no llega a tiempo, no es negligencia de enfermería: es el resultado directo de un colapso estructural que nos está matando en vida.
Nuestras denuncias en redes no son caprichos ni ataques políticos; son un llanto desesperado de auxilio. Ya no damos más. Amamos nuestra profesión, pero no podemos seguir sosteniendo la salud pública paraguaya a costa de nuestra propia salud mental, de nuestras columnas desviadas y de noches enteras sin poder conciliar el sueño por la culpa de un sistema que nos obliga a elegir a quién salvar y a quién dejar esperando.
Conclusión
La situación que atraviesa el personal de enfermería en el Hospital Nacional de Itauguá es un reflejo de lo que ocurre en muchos servicios de salud del país: un sistema colapsado, autoridades indiferentes y profesionales que sostienen la atención con sus propias fuerzas y recursos, a costa de su salud física y mental.
Enfermería importa, pero hoy, enfermería está de luto por su propia dignidad.
La Asociación Paraguaya de Enfermería (APE) se solidariza con las compañeras y compañeros del Hospital Nacional de Itauguá y exige a las autoridades:
– La inmediata dotación de personal suficiente para garantizar una atención segura.
– El abastecimiento de insumos básicos y medicamentos.
– La provisión de infraestructura y equipamiento para preservar la dignidad de los pacientes.
– La revisión de los sistemas informáticos para que no se conviertan en una barrera para el cuidado.
– La implementación de programas de apoyo a la salud mental del personal.
La lucha por condiciones laborales dignas es la lucha por una atención de calidad para toda la población. No podemos seguir sosteniendo el sistema a costa de nuestras vidas.